Juan Eduardo García-Huidobro: Segregación en la escuela

Chile tiene el triste récord de ser el país con la mayor segregación social en sus establecimientos educacionales, entre los 54 países que rindieron la prueba internacional PISA el 2006. Nuestro país exhibe una segregación de 52 puntos contra solo 9 de Finlandia, el país con el menor índice. Otros países latinoamericanos como Colombia  y México anotan 40, Brasil y Argentina 39 y USA 26, la mitad que Chile.

 

Esta situación se origina fundamentalmente por dos procesos: la selección de alumnos por parte de los establecimientos y el sistema de financiamiento compartido.

 

La selección es una práctica objetada en muchos países, pero es de uso habitual en Chile, aún en colegios públicos, y es propiciada por la política oficial en los llamados liceos de excelencia. Si bien la selección escolar puede haber comenzado a mitigarse para los primeros seis años de básica con la nueva Ley de Educación General, el financiamiento compartido está en plena expansión y ya la mitad de las familias chilenas pagan por la educación de sus hijos. Este “precio” sitúa inequívocamente a cada niño o niña que entra a la escuela con sus “iguales”, separándolo del resto: de los que tienen más y, por supuesto, de los que tienen menos.

 

Pero ¿a quiénes perjudica la segregación?

 

En primer lugar a los más pobres, que son quienes poseen la mayor distancia entre su medio y la cultura escolar que debe comunicar la escuela. Es fácil imaginar la dificultad que tiene una profesora que enseña a leer en un recinto donde todos, o casi todos, sus estudiantes provienen de una familia donde ni el papá, ni la mamá leen regularmente y no poseen, por tanto, la seguridad para apoyar a sus hijos en su proceso de alfabetización. La profesora sola deberá apoyar a cada estudiante. Si hubiese menos segregación social habría distintas clases de alumnos en la sala: junto a quienes están enfrentando por primera vez el desafío de leer, habría otros niños que han sido iniciados por sus padres y que ahora junto con la profesora afianzan y entusiasman a los que recién comienzan. El mayor condicionamiento social sobre los logros educativos no proviene del origen social individual de los estudiantes, sino del agregar estudiantes de similar origen social en una misma escuela.

 

También suele producirse en escuela o liceos donde se concentran los más pobres un fenómeno de desesperanza. Tanto los docentes como sus alumnos bajan sus expectativas de éxito escolar y se empieza a vivir la profecía autocumplida del fracaso.

 

Por último, en sistemas segregados como el nuestro, las escuelas de la mayoría son silenciosas. En países con más mixtura social habrá en la mayoría de las escuelas un grupo de padres con más poder social y cultural que naturalmente pedirán rendición de cuentas y usarán su voz para demandar a las autoridades, si corresponde, una mejor educación para sus hijos.

 

Sin embargo, la segregación no daña solo a los pobres: ¡daña a toda la sociedad!

 

El paso por la escuela, la inclusión, debe poseer la virtualidad de incorporar a los niños y jóvenes a algo mayor, que es la sociedad. La escuela es la puerta de la sociedad. El paso por la escuela es el “rito de pasaje” de las actuales sociedades democráticas. ¿Qué características debe tener un recinto educativo para cumplir con esta función de inclusión? Para poder serlo, debe tener las características que se quiere para la sociedad a la cual incorpora. Si queremos avanzar hacia una sociedad inclusiva, la escuela debe serlo. Debe poseer mixtura social. Solo así los estudiantes, al dejar el mundo privado de sus familias e ir a clases, estarán entrando al mundo público, un mundo que hace iguales a los diferentes. Iguales en derecho, iguales en ciudadanía. Iguales también en capacidad de respeto y tolerancia por las diferencias con los otros. En nuestras escuelas segregadas el mensaje que aprende el niño al ingresar es el contrario: por ir a una u a otra escuela se le está enseñando que es más o menos que los otros.

 

Un sistema educativo segregado limita severamente su capacidad de “enseñar” la igualdad y la democracia y mella la contribución de la educación a la cohesión social y a la integración.

 

La integración beneficia también a los niños y niñas que provienen de familias más acomodadas sin perjudicar su rendimiento, ya que les permite conocer su sociedad y a niños y niñas distintos a ellos. Esto ampliará su horizonte, disminuirá sus prejuicios y los abrirá a un entorno de vida más real y pluralista.

 

En conclusión: sin selección y sin financiamiento compartido, con escuelas menos segregadas ¡todos los alumnos ganan y la sociedad gana! Esa es la premisa que guía la Semana de Acción Mundial por la Educación 2011, organizada por el Foro Nacional Educación de Calidad Para Todos, instancia que nos permitirá instalar y profundizar el necesario debate público que se requiere hacia la superación de este fenómeno.

 

Las instituciones escolares con más mezcla social son un escenario mucho más favorable para el aprendizaje de los pobres y para enriquecer la educación de los más privilegiados. Son las escuelas y liceos que necesitamos para tener una sociedad de todos y para todos.
Por Juan Eduardo García Huidobro, Decano de Facultad de Educación de la Universidad Alberto Hurtado.